El último conejo que comimos, nos lo trajo Doninha.
Ella enseñó a cazar a Otto,
que creció muy deprisa.
(El placer de desayunar)
hasta convertirse en un precioso animal, curioso y valiente. Este día se tiró a la alberca estando yo dentro.
Mi madre (que se rompió una pierna y pasó unos días conmigo), no pudo resistirse a sus encantos (a los de los dos).
Lo más bonito que tienen estos perros es su naturaleza. Son salvajes cuando viven en libertad, cuando no están acompañados. Y absolutamente amorosos cuando sí lo están.
Siempre nos acompañaban en el desayuno...
y en la cena. Entre un momento y otro solían salir a cazar, y no siempre, muy a menudo también nos acompañaban durante el día.









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